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La diversidad funcional en el aula.

La diversidad funcional en el aula.


Uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos los maestros y maestras consiste en normalizar la diferencia. El aula es un caldo de cultivo donde se dan una media de entre 25 y 35 niños y niñas con diferentes personalidades, caracteres, ritmos de aprendizaje, niveles de desarrollo y, en especial, diferentes perfiles neurofuncionales.

Aunque más que un reto, debería ser enfocado como un deber, ya que normalizar la diferencia implica hacer escuela inclusiva, valorando las necesidades educativas especiales de cada niño e impulsando sus fortalezas para poder alcanzar procesos de enseñanza y aprendizaje óptimos para adquirir un desarrollo integral. Respecto al tema de la existencia y puesta en práctica de una escuela inclusiva real, hablaré sobre ello más adelante en otro artículo. Hoy me centraré en qué es y en qué consiste la diversidad funcional.

¿Qué es la diversidad funcional?

Desde mi punto de vista la diversidad funcional es una gran oportunidad que encontramos las personas para comprender lo azarosa que puede llegar a ser la naturaleza humana. También creo que la diversidad funcional envuelve la manera en que las personas podemos adaptarnos a ella y fomentarla, entendiéndola desde un enfoque proactivo y enriquecedor. Para mí la diversidad funcional puede llegar a ser la respuesta a muchas de las incógnitas existentes hoy en día en el ámbito de la neurociencia y la pedagogía. Sirve también como trampolín al conocimiento y desarrollo de nuevos métodos y enfoques psicoeducativos que conforman la educación y la didáctica, mostrándonos otros enfoques menos rígidos y más abiertos al conocimiento. Creo firmemente que nos sirve a la comunidad educativa como punto de apoyo, impulso y fomento para la alfabetización de la sociedad.

La diversidad funcional engloba, en definitiva, una amplia variedad de perfiles humanos que perciben, procesan y razonan de manera individualizada acorde a sus necesidades especiales individuales, al margen de la edad, género y contexto social. El conjunto de sus características y procesos internos propios serán los que determinen su propia conducta.

¿Cómo se configura la diversidad funcional en un aula?

Cuando nos referimos al término de diversidad funcional en el aula nos estamos refiriendo concretamente a esa variedad de niños y niñas que, debido a sus características propias, requieren de una serie de apoyos y adaptaciones individualizadas y de un proceso de atención psicoeducativa personalizada. Esto es debido a que el sistema educativo actual está orientado principalmente hacia un modelo de infancia y juventud con necesidades y capacidades muy normativizadas, y que por ello mismo requiere de determinada flexibilidad, adecuación y concreción para abarcar a este tipo de alumnado diverso que se escapa de la norma.

Esta diversidad funcional en nuestras aulas abarca a todo ese conjunto de niños y niñas con procesamientos sensoriales alterados, con necesidades motóricas concretas, con problemas conductuales graves y/o con deficiencias de diversos tipos., entre otros. Esto es lo que comúnmente conocemos a través de las etiquetas diagnósticas de: TDAH, dislexia y otras dificultades específicas del aprendizaje, trastornos del espectro autista, trastornos específicos del lenguaje, discapacidad mental, auditiva, visual, motórica…etc.

¿Por qué normalizar?

Normalizar esta diversidad funcional es la herramienta fundamental para lograr dos objetivos:

  1. Fomentar la igualdad.

  2. Proporcionar una atención efectiva. Image of new piktochart 19241529 33eb8e447931738c6407c13c889b204b26a29568

Fomentando la igualdad en un aula facilitará al equipo interdisciplinar intervenir de manera directa y adecuada en las necesidades individuales de cada niño sin la necesidad de tener que sortear diariamente el bache que supone el prejuicio social. Por ello, debemos fomentar la igualdad integrando en el aula, en la medida de lo posible, al alumnado con diversidad funcional, haciendo de esta convivencia algo normativo, sano y proactivo. Una vez normalizado e integrado se podrá proceder a intervenir abarcando todas las áreas y necesidades posibles de manera llevadera, apoyándonos en la retroalimentación que surge de la interacción entre la diversidad funcional existente en el aula.

¿Con qué problemas se topa la inclusión social en la educación?

Es de reconocer que hoy en día esa inclusión completa está bastante alejada de la realidad debido a la falta de recursos y formación completa de muchos profesionales.  Es importante tener en cuenta que no todos los niños con diversidad funcional están preparados para ser plenamente incluidos en un contexto educativo concreto y que ello requiere de un trabajo previo y de una completa adaptación de los recursos físicos, estructurales  y metodológicos el entorno. Un ejemplo de ello es tratar de incluir a un niño que se encuentra en el espectro del autismo dentro de un aula con 30 niños más sin haber trabajado previamente una serie de habilidades y capacidades y haberlas generalizado.

Aún a pesar de las dificultades que encontramos en el día a día para hacer una inclusión real, creo que una piedra tras otra piedra puede hacer un castillo. Y que si poco a poco vamos fomentando esta inclusión, si vamos interesándonos por su funcionamiento y estructura, finalmente encontraremos la manera de incluir en la medida de lo posible y de manera efectiva a todos los niños con diversidad funcional, fomentando la igualdad y la retroalimentación social.

Las etiquetas son para la ropa.

Las etiquetas son para la ropa.


Antes de comenzar a desgranar en esta entrada mi visión sobre lo que supone un diagnóstico de ámbito psicopedagógico relacionado con trastornos en el neurodesarrollo y/o dificultades específicas del aprendizaje, me gustaría recalcar el esfuerzo que he realizado durante la redacción de este tema debido a su delicadeza y controversia.

Cualquier proceso de diagnóstico psicopedagógico e intervención que se realiza en niños y/o adolescentes debe tratarse con suma rigurosidad.  Esto es debido a que puede llegar a marcar su futuro en la medida en que se detecta y se determina cómo y en qué intervenir para ayudarles a alcanzar lo mejor de sí mismos en su futuro. Y es por ello que considero de especial relevancia hablar del tema con la mayor objetividad posible valorando las funciones por parte de todos aquellos que intervienen de un modo u otro en este proceso: el sujeto de diagnóstico (un niño o niña), la familia del sujeto, el especialista o especialistas que diagnostican y el especialista o especialistas que intervienen. En esta entrada voy a hablar concretamente de lo que supone un diagnóstico en los niños y cómo la sociedad actúa sobre ellos.

Lo primero: la evaluación.

Por lo general, detrás de una evaluación psicopedagógica infantil hay una familia que previamente se ha encontrado en alerta al detectar en el niño o la niña una serie de rasgos o características que, por decirlo de alguna manera, ‘no les encajan dentro de una conducta normal’. Lo pongo entre comillas ya que considero que pararme a detallar lo que es o no es normal en la conducta de un niño es un tema bastante profundo y que abarca demasiadas variables como para desarrollarlo aquí.

Lo básico es que los padres detectan conductas que se salen del entorno o que pueden no ser adaptativas. Y, por lo tanto, consideran que algo sucede en el niño que no marcha bien. Es entonces cuando se decide acudir a un especialista para que evalúe y determine qué le sucede exactamente para que se den en él o ella esa serie de alertas. Este diagnóstico será probablemente el punto de inflexión ante el cual se desarrollará el proceso vital del niño y la forma en que lo afronte la familia.

Los padres predeciendo al diagnóstico.

En este momento uno de los principales sentimientos que aparece es el miedo. Pero, ¿miedo a qué? El objeto de miedo dependerá de la madurez emocional y la experiencia de estos padres. Yo aquí considero que, por lo general y dependiendo de las señales de alerta detectadas previamente, el miedo va de la mano de lo desconocido y de un futuro impredecible o de incierta interpretación. Según la medida en que sean interpretadas estas señales de alerta, existirá un miedo u otro. Si esas señales de alerta no son consideradas disruptivas en mayor grado en su entorno diario, no existirá tanto miedo al conocimiento de la verdad que hay detrás de esas alertas -el diagnóstico como tal-.

Señales.

Es decir, si la señal de alerta es que el niño cojea tras una caída en el parque presenciada por los propios padres, el miedo no puede ir mucho más allá de una posible fractura de tobillo. En cambio, si la señal de alerta es que el niño sufre problemas para conciliar el sueño, no come, tiene rabietas continuas y no atiende en clase y además no se sabe cuales son los precedentes a dichas conductas problemáticas, el miedo puede abarcar un mar de posibilidades debido a lo desconocido y/o ambiguo del asunto.

Es por ello que desde mi punto de vista personal considero que una evaluación realizada adecuadamente y un diagnóstico objetivo y abierto al cambio tras la intervención siempre es positivo, en la medida que su finalidad sea mostrar una verdad o dar luz ante lo desconocido en una situación de alerta o problemática personal. Lo que considero negativo de un diagnóstico son las interpretaciones  erróneas y prejuicios que pueden derivar de este.

Las interpretaciones derivadas del diagnóstico: el hilo que sustenta la etiqueta.

Una vez realizada la evaluación y obtenido el diagnóstico, el miedo del que he hablado anteriormente empieza a tomar formas más concretas relacionadas con el qué le deparará el futuro según el diagnóstico obtenido. El miedo se proyecta hacia el devenimiento de su desarrollo integral, su capacidad de aprendizaje y su futuro como adulto. Es aquí donde aparecen preguntas como:

¿Podrá seguir algún día el ritmo de aprendizaje correspondiente al de un niño de su edad? ¿Tendrá dificultades para formarse laboralmente? ¿Dependerá de nosotros toda la vida? Y… ¿Será aceptado e integrado por el resto de niños de su clase o colegio? ¿Le acompañará la etiqueta del diagnóstico toda la vida?

La respuesta a las tres primeras preguntas dependerá de diversos factores:

  • El diagnóstico en sí mismo: teniendo en cuenta variables como el nivel cognitivo y las áreas de afectación.
  • La veracidad y el pragmatismo de las necesidades educativas específicas extraídas de este diagnóstico.
  • El perfil extraído del niño: a niveles emocional, cognitivo, conductual, sensorial… etc.
  • El tipo de intervención psicopedagógica que reciba el niño en cuanto a integración de habilidades relacionadas con el aprendizaje: capacidad de concentración, motivación por el aprendizaje, planificación y seguimiento de tareas, autosuficiencia e independencia…etc.

La respuesta a las dos últimas preguntas, las cuales son el objeto principal de esta entrada, es que… las etiquetas son solo para la ropa. Ni más, ni menos.

La ropa de cada día: adaptándonos al tiempo.

Desde que yo era pequeñita siempre me molestaban las etiquetas en la ropa. Cada vez que estrenaba unos pantalones o una camiseta le tenía que pedir a mis padres que me quitasen la etiqueta. Si no lo hacían, al final del día me salían hermosas ronchas en la piel. Así que en mi casa el modelo a seguir era: prenda nueva, lectura de la etiqueta, memorización de las instrucciones de lavado, cortar etiqueta, tirar etiqueta.

Porque eso son las etiquetas realmente, una pequeña tira de tela donde mediante dibujitos te indican las instrucciones de lavado. No todas las personas tienenu una piel lo suficientemente dura como para soportar el roce diario de una etiqueta. Si lo extrapolamos a las evaluaciones psicopedagógicas, una etiqueta puede ser algo así como aquel trocito de tela donde se indican las peculiaridades psicopedagógicas de la prenda. Si rozas diariamente esa etiqueta contra su piel que es más fina que la de otro niño, al final le haces daño. Por eso es importante que los especialistas memoricen y se adecúen a las necesidades de cada prenda según la temporada. Cuando hablo de temporada me refiero al estadio del desarrollo del niño.

Necesidades como podrían ser:

  • Anticipar siempre los cambios en una rutina si no quieres un berrinche.
  • Emplear libros con letras más grandes y nítidas para facilitar su lectura.
  • Ceder diez minutos extras al finmal del examen para repasar de modo extraordinario.
  • Permítele usar un ábaco especial durante la resolución de problemas matemáticos.

Todos los niños pasan por varios estadios en su desarrollo. Y durante esos cambios necesitan desprenderse de determinadas prendas y adquirir otras nuevas con necesidades etiquetadas distintamente. Etiquetas adaptadas a sus momentos de vida. Es por eso que una etiqueta en sí no puede durar para siempre. Porque una etiqueta de una prenda en concreto quizá no valga para la siguiente temporada. Por lo tanto, la etiqueta pura como tal no existe.

¿Qué es entonces?

Lo que sí existe es la etiqueta que le pone el entorno. Pero más que una etiqueta yo veo un lastre que atado al pie del niño. Ese lastre materalizado en frases que van desde la adjetivización del diagnóstico hasta prejuicios como podrían ser:

‘Es el autista’, ‘es el disléxico’, ‘es de cognición lenta’, ‘es vago’, ‘es el hiperactivo’, ‘es el payasito de la clase’, ‘no va a llegar lejos’…etc.

Estas frases nacen de prejuicios y malinterpretaciones de diagnósticos. Es por ello que para evitar que cosas como estas sucedan, vuelvo a recalcar la importancia del verdadero uso de ‘la etiqueta’ como instrucción de intervención en cada caso. Leer, interiorizar y tirar. Y cuando haya un cambio de temporada volver a hacer lo mismo con la nueva etiqueta. Hay que valorar a cada niño como es desde su individualidad y sus necesidades para poder enseñarle a dar lo mejor de sí mismo. Sin prejuicios ni adjetivizaciones derivadas de su diagnóstico. Adjetivizar un diagnóstico no sirve para nada. A la larga solo hace daño porque se convierte en parte clave del efecto pigmalión.

¿Qué hacer?

Si un niño tiene dificultades de aprendizaje, los especialistas que intervengan con él deben valorar qué necesita ese niño para avanzar y cómo pueden ayudarle a sentirse bien consigo mismo. Esto último será básico para ayudarle a saltar sus dificultades. El entorno deberá sensibilizarse y entender que un diagnóstico no marca de por vida a alguien como algo negativo, sino que de este diagnóstico se derivan las peculiaridades de ese niño, las cuales debe afrontar. Lo que sí afecta de por vida es esa adjetivización.

Conclusión.

Por lo tanto, la única etiqueta que debería existir es la que va en la ropa. Y para gente como yo, ni eso. La etiqueta que tanto asusta a los padres y familias de los niños no existen. Estas son solo las adjetivizaciones que impone el entorno por desconocimiento y a modo de prejuicio ante lo diferente. La etiqueta a modo de instrucción que se extrae de un diagnóstico debe ser entendida como algo inmaterial. Entenderla como algo cambiante según el continuo desarrollo y las necesidades que tenga en cada momento de su vida.

 

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