Las etiquetas son para la ropa.

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Las etiquetas son para la ropa.


Antes de comenzar a desgranar en esta entrada mi visión sobre lo que supone un diagnóstico de ámbito psicopedagógico relacionado con trastornos en el neurodesarrollo y/o dificultades específicas del aprendizaje, me gustaría recalcar el esfuerzo que he realizado durante la redacción de este tema debido a su delicadeza y controversia.

Cualquier proceso de diagnóstico psicopedagógico e intervención que se realiza en niños y/o adolescentes debe tratarse con suma rigurosidad.  Esto es debido a que puede llegar a marcar su futuro en la medida en que se detecta y se determina cómo y en qué intervenir para ayudarles a alcanzar lo mejor de sí mismos en su futuro. Y es por ello que considero de especial relevancia hablar del tema con la mayor objetividad posible valorando las funciones por parte de todos aquellos que intervienen de un modo u otro en este proceso: el sujeto de diagnóstico (un niño o niña), la familia del sujeto, el especialista o especialistas que diagnostican y el especialista o especialistas que intervienen. En esta entrada voy a hablar concretamente de lo que supone un diagnóstico en los niños y cómo la sociedad actúa sobre ellos.

Lo primero: la evaluación.

Por lo general, detrás de una evaluación psicopedagógica infantil hay una familia que previamente se ha encontrado en alerta al detectar en el niño o la niña una serie de rasgos o características que, por decirlo de alguna manera, ‘no les encajan dentro de una conducta normal’. Lo pongo entre comillas ya que considero que pararme a detallar lo que es o no es normal en la conducta de un niño es un tema bastante profundo y que abarca demasiadas variables como para desarrollarlo aquí.

Lo básico es que los padres detectan conductas que se salen del entorno o que pueden no ser adaptativas. Y, por lo tanto, consideran que algo sucede en el niño que no marcha bien. Es entonces cuando se decide acudir a un especialista para que evalúe y determine qué le sucede exactamente para que se den en él o ella esa serie de alertas. Este diagnóstico será probablemente el punto de inflexión ante el cual se desarrollará el proceso vital del niño y la forma en que lo afronte la familia.

Los padres predeciendo al diagnóstico.

En este momento uno de los principales sentimientos que aparece es el miedo. Pero, ¿miedo a qué? El objeto de miedo dependerá de la madurez emocional y la experiencia de estos padres. Yo aquí considero que, por lo general y dependiendo de las señales de alerta detectadas previamente, el miedo va de la mano de lo desconocido y de un futuro impredecible o de incierta interpretación. Según la medida en que sean interpretadas estas señales de alerta, existirá un miedo u otro. Si esas señales de alerta no son consideradas disruptivas en mayor grado en su entorno diario, no existirá tanto miedo al conocimiento de la verdad que hay detrás de esas alertas -el diagnóstico como tal-.

Señales.

Es decir, si la señal de alerta es que el niño cojea tras una caída en el parque presenciada por los propios padres, el miedo no puede ir mucho más allá de una posible fractura de tobillo. En cambio, si la señal de alerta es que el niño sufre problemas para conciliar el sueño, no come, tiene rabietas continuas y no atiende en clase y además no se sabe cuales son los precedentes a dichas conductas problemáticas, el miedo puede abarcar un mar de posibilidades debido a lo desconocido y/o ambiguo del asunto.

Es por ello que desde mi punto de vista personal considero que una evaluación realizada adecuadamente y un diagnóstico objetivo y abierto al cambio tras la intervención siempre es positivo, en la medida que su finalidad sea mostrar una verdad o dar luz ante lo desconocido en una situación de alerta o problemática personal. Lo que considero negativo de un diagnóstico son las interpretaciones  erróneas y prejuicios que pueden derivar de este.

Las interpretaciones derivadas del diagnóstico: el hilo que sustenta la etiqueta.

Una vez realizada la evaluación y obtenido el diagnóstico, el miedo del que he hablado anteriormente empieza a tomar formas más concretas relacionadas con el qué le deparará el futuro según el diagnóstico obtenido. El miedo se proyecta hacia el devenimiento de su desarrollo integral, su capacidad de aprendizaje y su futuro como adulto. Es aquí donde aparecen preguntas como:

¿Podrá seguir algún día el ritmo de aprendizaje correspondiente al de un niño de su edad? ¿Tendrá dificultades para formarse laboralmente? ¿Dependerá de nosotros toda la vida? Y… ¿Será aceptado e integrado por el resto de niños de su clase o colegio? ¿Le acompañará la etiqueta del diagnóstico toda la vida?

La respuesta a las tres primeras preguntas dependerá de diversos factores:

  • El diagnóstico en sí mismo: teniendo en cuenta variables como el nivel cognitivo y las áreas de afectación.
  • La veracidad y el pragmatismo de las necesidades educativas específicas extraídas de este diagnóstico.
  • El perfil extraído del niño: a niveles emocional, cognitivo, conductual, sensorial… etc.
  • El tipo de intervención psicopedagógica que reciba el niño en cuanto a integración de habilidades relacionadas con el aprendizaje: capacidad de concentración, motivación por el aprendizaje, planificación y seguimiento de tareas, autosuficiencia e independencia…etc.

La respuesta a las dos últimas preguntas, las cuales son el objeto principal de esta entrada, es que… las etiquetas son solo para la ropa. Ni más, ni menos.

La ropa de cada día: adaptándonos al tiempo.

Desde que yo era pequeñita siempre me molestaban las etiquetas en la ropa. Cada vez que estrenaba unos pantalones o una camiseta le tenía que pedir a mis padres que me quitasen la etiqueta. Si no lo hacían, al final del día me salían hermosas ronchas en la piel. Así que en mi casa el modelo a seguir era: prenda nueva, lectura de la etiqueta, memorización de las instrucciones de lavado, cortar etiqueta, tirar etiqueta.

Porque eso son las etiquetas realmente, una pequeña tira de tela donde mediante dibujitos te indican las instrucciones de lavado. No todas las personas tienenu una piel lo suficientemente dura como para soportar el roce diario de una etiqueta. Si lo extrapolamos a las evaluaciones psicopedagógicas, una etiqueta puede ser algo así como aquel trocito de tela donde se indican las peculiaridades psicopedagógicas de la prenda. Si rozas diariamente esa etiqueta contra su piel que es más fina que la de otro niño, al final le haces daño. Por eso es importante que los especialistas memoricen y se adecúen a las necesidades de cada prenda según la temporada. Cuando hablo de temporada me refiero al estadio del desarrollo del niño.

Necesidades como podrían ser:

  • Anticipar siempre los cambios en una rutina si no quieres un berrinche.
  • Emplear libros con letras más grandes y nítidas para facilitar su lectura.
  • Ceder diez minutos extras al finmal del examen para repasar de modo extraordinario.
  • Permítele usar un ábaco especial durante la resolución de problemas matemáticos.

Todos los niños pasan por varios estadios en su desarrollo. Y durante esos cambios necesitan desprenderse de determinadas prendas y adquirir otras nuevas con necesidades etiquetadas distintamente. Etiquetas adaptadas a sus momentos de vida. Es por eso que una etiqueta en sí no puede durar para siempre. Porque una etiqueta de una prenda en concreto quizá no valga para la siguiente temporada. Por lo tanto, la etiqueta pura como tal no existe.

¿Qué es entonces?

Lo que sí existe es la etiqueta que le pone el entorno. Pero más que una etiqueta yo veo un lastre que atado al pie del niño. Ese lastre materalizado en frases que van desde la adjetivización del diagnóstico hasta prejuicios como podrían ser:

‘Es el autista’, ‘es el disléxico’, ‘es de cognición lenta’, ‘es vago’, ‘es el hiperactivo’, ‘es el payasito de la clase’, ‘no va a llegar lejos’…etc.

Estas frases nacen de prejuicios y malinterpretaciones de diagnósticos. Es por ello que para evitar que cosas como estas sucedan, vuelvo a recalcar la importancia del verdadero uso de ‘la etiqueta’ como instrucción de intervención en cada caso. Leer, interiorizar y tirar. Y cuando haya un cambio de temporada volver a hacer lo mismo con la nueva etiqueta. Hay que valorar a cada niño como es desde su individualidad y sus necesidades para poder enseñarle a dar lo mejor de sí mismo. Sin prejuicios ni adjetivizaciones derivadas de su diagnóstico. Adjetivizar un diagnóstico no sirve para nada. A la larga solo hace daño porque se convierte en parte clave del efecto pigmalión.

¿Qué hacer?

Si un niño tiene dificultades de aprendizaje, los especialistas que intervengan con él deben valorar qué necesita ese niño para avanzar y cómo pueden ayudarle a sentirse bien consigo mismo. Esto último será básico para ayudarle a saltar sus dificultades. El entorno deberá sensibilizarse y entender que un diagnóstico no marca de por vida a alguien como algo negativo, sino que de este diagnóstico se derivan las peculiaridades de ese niño, las cuales debe afrontar. Lo que sí afecta de por vida es esa adjetivización.

Conclusión.

Por lo tanto, la única etiqueta que debería existir es la que va en la ropa. Y para gente como yo, ni eso. La etiqueta que tanto asusta a los padres y familias de los niños no existen. Estas son solo las adjetivizaciones que impone el entorno por desconocimiento y a modo de prejuicio ante lo diferente. La etiqueta a modo de instrucción que se extrae de un diagnóstico debe ser entendida como algo inmaterial. Entenderla como algo cambiante según el continuo desarrollo y las necesidades que tenga en cada momento de su vida.

 

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